La obra póstuma de Sabino Portolés

La obra póstuma de Sabino Portolés

von Piluca Ruiz

E-Book
150 Seiten
2014 Ediciones Oblicuas
ISBN 978-84-16-11847-2

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Kurztext / Annotation
Con un estilo impecable, en el que paulatinamente se van mostrando las claves de cada relato, Piluca Ruiz nos ofrece un crisol de historias diversas en las que nada es lo que en principio aparenta. Ubicados en los escenarios comunes de la vida cotidiana de cualquiera de nosotros, estos cuentos, narrados con cierta ironía, ocultan un sesgo inquietante y sorprendente que, en muchas ocasiones, nos conducirá a un final inesperado. Entre otros, encontraremos a dos hombres que se descubren espiando a la misma mujer, una señora que le pide a su doctor un favor imposible de asumir, una esposa engañada que pergeña una sofisticada venganza, un joven acosado por los remordimientos o un maestro de escuela que fracasa como escritor.

Piluca Ruiz (Tarragona, 1949) es licenciada en Filosofía y Letras (especialidad de Psicología) y en Música (especialidad de Piano). Ha ejercido como profesora de Lengua y Literatura española, aunque la mayor parte de su vida laboral la he dedicado a trabajar en la Administración. En 2011 obtuvo un accésit en el II Concurso Cultural Europeo de Literatura de la FEAFASS, con el relato "El hombre que pescaba en el rompeolas".

Textauszug
A la luz de una farola

En el mirador del acantilado, junto a la barandilla, y a la luz de una farola, hay una mujer vestida de rojo. Ante sus ojos, el mar se estrella contra las rocas. Lleva la espalda al aire, el pelo recogido en lo alto de la cabeza y fuma con parsimonia. Está inclinada hacia un lado, apoyada sobre su brazo izquierdo. Alterna la vista entre el ir y venir de las olas y el paseo marítimo, hecho de baldosas. Mirándola, aun desde lejos, se perciben sus espléndidas formas, ceñidas bajo su atuendo de lycra. Lleva zapatos de tacón muy alto y tiene las piernas largas y bien formadas. Aunque ya no es joven, resulta muy atractiva. Consulta el reloj con cierta frecuencia pero parece relajada y tranquila, por lo que no queda muy claro si está esperando a alguien o, sencillamente, pasando el rato.

Detrás del acantilado y del paseo, hay un parque muy grande con una vegetación exuberante. Un hombre, con sombrero calado de ala ancha y una gabardina con el cuello subido que le tapa media cara, está observando, desde detrás de unos árboles, a la mujer del vestido rojo. Poco a poco, agazapado de tronco en tronco, se le va acercando. Lleva los zapatos en la mano porque quiere silenciar sus pasos. Está tan concentrado en la figura de la mujer que espía que no advierte el bulto que está escondido entre unos matorrales; tropieza con él y cae de bruces. El sombrero y los zapatos salen volando por los aires. Mientras cae, oye que alguien ahoga un grito y suelta un taco. El hombre del sombrero calado reacciona y presta atención al obstáculo con el que ha tropezado. Se sorprende al ver a otro hombre sentado en el suelo. La sorpresa es mutua y, durante unos instantes, los dos se miran desconcertados. El hombre que ha caído se sienta también en el suelo y pide perdón por el tropiezo, alegando que andaba distraído.

-No, hombre, no -dice el que había soltado el taco-. Ha sido mi culpa. Usted no podía verme porque yo estaba escondido.

-Gracias pero insisto en mis disculpas. Yo debería haber prestado más atención.

Su interlocutor hace ademán de replicar y continuar con el asunto pero el hombre de la gabardina le hace un gesto para disuadirlo y continúa.

-Además, también debo pedirle disculpas por no haberme presentado. Mi nombre es Prudencio Corrido, para servirle.

-El mío Simplicio Lechuga, encantado de conocerle.

Los dos hombres se dan la mano a modo de saludo. Prudencio recoge los zapatos, se pone de nuevo el sombrero y se sube otra vez el cuello de la gabardina. Simplicio, palpando la tierra a tientas, busca entre la maleza.

-¿Ha extraviado usted algo? -pregunta Prudencio.

-Sí, las gafas. Las he perdido con el encontronazo.

-Permítame que le ayude. Cuatro ojos ven más que dos y, por otra parte, yo soy el causante del accidente y, por ende, el responsable de la pérdida de sus lentes.

Los dos buscan entre los matorrales y, por fin, Simplicio las encuentra y se las pone. Al verlo, a Prudencio le cambia la cara y, asombrado, se lo queda mirando fijamente. Son unas gafas grandes de pasta oscura, sin cristales y llevan incorporadas una nariz de plástico y un bigote oscuro hecho de lana. Simplicio se justifica.

-Es que voy disfrazado.

-Pero no es carnaval -exclama Prudencio.

-No, pero es que... -titubea un poco y continúa-. Es que no quiero que se me reconozca.

-¿Se esconde usted de alguien?

-Más o menos.

Prudencio, mientras lo sigue mirando, le dice:

-Agradezco su sinceridad y, para demostrárselo, voy a corresponderle en igual medida. Yo, si bien no voy disfrazado, también llevo, como verá, un atuendo para pasar inadvertido.

-Pero con este calor, tal como va vestido llama mucho la atención. Por lo menos, a mí me parece extraño.

-Un comentario muy acertado -dice Prudencio asintiendo con la cabeza-. Mire por dónde, yo no había tenido en cuenta este extremo. Se lo

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